
Mariano le daban asco muchas cosas: las cucarachas y sus antenas inquietas, las moscas que de pronto estaban paradas en la popó de su perro Vigilante y luego en su vaso de leche con vainilla; no soportaba ni mirar la caja de arena de Perezoso ni el terrible olor de los pañales de su hermanita o de los tenis de su primo Juan. Aun sabiendo esto, su tía Clara, en tono de broma, en su cumpleaños le regaló un libro: se veía muy lindo, pero al leer el título no se atrevió a abrirlo.
Pasaron los días y la curiosidad no lo dejaba tranquilo, se tapó la nariz y lo tomó con cuidado con el índice y el pulgar, salió al patio para poder leerlo. Mientras cambiaba las páginas respiraba con la boca, quería evitar percibir el olor que podría desprenderse de las ilustraciones. Mientras leía se preguntaba ¿A quién se le ocurrió escribir un libro apestoso?
Pasaron los días y la curiosidad no lo dejaba tranquilo, se tapó la nariz y lo tomó con cuidado con el índice y el pulgar, salió al patio para poder leerlo. Mientras cambiaba las páginas respiraba con la boca, quería evitar percibir el olor que podría desprenderse de las ilustraciones. Mientras leía se preguntaba ¿A quién se le ocurrió escribir un libro apestoso?
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